lunes, 17 de marzo de 2014

El cuento del bello Narciso (versioneado por la biblioteca para los niños del cole)


 El bello Narciso 
 



Érase una vez hace muchos años, en el país de las ninfas del agua, que estos espíritus de los ríos y arroyos encarnados en gráciles doncellas vivían y jugaban felices como niñas a la orilla de un estanque. Una de ellas, Liríope, casada con el río Cefiso; tuvo un hijo muy hermoso al que llamó Narciso y que, con el tiempo, creció y se convirtió en un joven bellísimo. Era tan guapo que todas las ninfas jóvenes quedaban prendadas de él y muchas deseaban en secreto conseguir su amor. Incluso un joven llamado Ameinias sintió tal admiración por su belleza que prometió dar su vida por él, si lo necesitaba. Narciso se enteró y como su frivolidad era tan grande como su hermosura, se rió de él y poniéndole en las manos una espada le ordenó que se quitara la vida. Ameinias, tristemente, acabó con su vida delante de Narciso que no se conmovió en absoluto.

Tiempo después Narciso seguía robando el corazón de las ninfas. Había una muy tímida, llamada Eco, que le seguía a todas partes pero no podía declararle su amor porque la más poderosa de las reinas la había castigado a no poder decir nada más que las últimas palabras que escuchara de los demás. Su triste historia ha inspirado el nombre del eco de las montañas que repiten el final de nuestras voces. Esperando su oportunidad le observaba escondida en la espesura. Un día Narciso paseaba por el bosque y oyó un ruido tras los matorrales: -"¿Hay alguien aquí?" - preguntó. Y Eco le respondió: "¡Aquí!, ¡Aquí!..." Narciso se acercó un poco y le dijo: - "¿Quién eres? ¡Ven!" y Eco contestó ¡Ven! - ¡Ven!... Entonces Narciso apartó los matorrales y Eco intentó besarle. Pero Narciso hizo un gesto de desagrado y la empujó diciéndola que le dejara en paz. Eco, entristecida, se ocultó para toda la vida en una profunda cueva consumiéndose por un amor que nunca conseguiría y respondiendo entrecortada a los visitantes con el eco que se apaga.

Narciso continuó por los bosques y arroyos de las ninfas enamorando a mucha de ellas hasta que un día, el espíritu de los ríos protector de las ninfas, quiso castigar su orgullo y falta de sensibilidad. Narciso paseaba a la orilla de un lago delicioso y sintió sed y se tumbó para beber en sus aguas tranquilas y cristalinas. Entonces, en el reflejo del agua, contempló un rostro hermosísimo que le miraba desde el estanque. Quedó tan prendado de su belleza que no se atrevió a tocar la superficie del agua, ni a separarse de tal visión. Pasaron las horas y Narciso no podía sustraerse de mirar la bella figura del agua. Pasaron días, semanas, y Narciso agotado murió tendido al lado del estanque paralizado por aquella maravillosa visión. Transcurrieron los meses y al llegar febrero, en el mismo lugar que quedó su cadáver, nació una flor bellísima. Las ninfas van de vez en cuando a visitarla y al verla exclaman: ¡Qué hermoso Narciso! ¡Qué bello era!


Hermoso narciso en febrero, en mi jardín.

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