martes, 3 de diciembre de 2013

Palabras...



Son tres y siempre los mismos. Cuando llega un recreo lluvioso o surge un momento libre, de esos en que su profesora les dice: -¿Habéis acabado ya?, pues coged un libro y poneros a leer-, se dirigen contentos a las estantería y cogen el diccionario. Excitados, se sientan juntos en la mesa de uno de ellos y empiezan a hojearlo con atención. Al poco empieza las risotadas. Se miran entre ellos excitados y cómplices. Se parten de la risa y siguen buscando. Cuando realizan algún descubrimiento espectacular se dirigen corriendo a la mesa de la señorita y le dicen: - ¡Seño, está la palabra "caca"!- y la miran expectantes esperando ver su rostro escandalizado. La seño, impasible, les dice: - ¡Claro, "caca" es una palabra y el diccionario trae las palabras; esas y muchas más: todas!- Espoleados por la respuesta vuelven corriendo al pupitre. Al poco descubren "pedo" (más risas), luego realizan búsquedas más audaces: "puta", después "cabrón" y vuelven a desternillarse al leer su significado... Como si hubieran encontrado un libro prohibido corren a enseñárselo a la profesora: - ¡Seño: que pone "cabrón"!-
La maestra, que lleva tiempo observándolos, les repite con naturalidad: - "También es una palabra, así que también tiene que estar en el diccionario"...
¡Qué deliciosa situación! ¡Qué infantil homenaje al humilde y denostado diccionario, que hallado como un tesoro en la casualidad de un momento de ocio deviene en un libro excitante e iniciático en sus mentes infantiles. ¡Y qué premio a su curiosidad! Esos niños aprenderán para siempre a descubrir las más preciosas gemas enterradas en los estratos, aparentemente anodinos, de los diccionarios.

1 comentario:

  1. Esta historia me la contó mi cuñada, Yolanda, profe se 2º de E.P en un colegio de Burgos. Es real como la vida misma. ¡Y deliciosa!
    No he podido resistir la tentación de escribirla aquí.
    Gracias por tu aportación.

    Jesús Marcial; 2 de diciembre de 2013 19:39

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