martes, 15 de enero de 2013

La palabra más larga...

La hipopotomonstrosesquipedaliofobia es un miedo irracional (o fobia) a la pronunciación de palabras largas y complicadas. Se caracteriza por aversión o nerviosismo a la hora en la cual el sujeto entra en charlas en las cuales se usan palabras largas o de uso poco común (charlas científicas, médicas, técnicas, etc.), así como el evitar o no mencionar en absoluto palabras anormales en el vocabulario coloquial.

Así que, si quieres poner nervioso a un hipopotomonstrosesquipedaliofobico no tienes más que buscar palabras largas y recitárselas. Una buena colección estaría formada por la propia hipopotomonstrosesquipedaliofobia o algunas otras como:

otorrinolaringología (figura en el DRAE)
electroencefalográfico (figura en el DRAE)
esternocleidomastoideo (figura en el DRAE)
supercalifragilísticoespialidoso (inventada para la peli "Mary Ponins

Ciclopentanoperhidrofenantreno (un hidrocarburo)
Iturriberrigorrigoicoerrotaberricoechea (apellido vasco) ...

Pero la palabra más larga, no inventada, que se puede encontrar en el mundo es una palabra en inglés de la titina (una proteína del organismo humano). Se tardarían tres horas en pronunciarla y tiene 189.819 letras.

 
Como curiosidad dejo aquí este microrrelato, un juego que me propuse para demostrar que también se puede matar con una simple palabra... ¿Los científicos de CSI, Bones, Navy o Mentes criminales serían capaces de descubrir cuál fue el arma asesina?


Ruíz Leser tenía fama de sabueso lector. Era un pitbul de los textos que caían en sus manos. Un obsesivo compulsivo que siempre terminaba el texto que comenzaba. Cultísimo como era, le interesaban todos los tema y se vanagloriaba de acabar siempre cualquier lectura que se proponía. Con escrupuloso cuidado leía musitando para sí y aplicaba las reglas de puntuación con rigor enfermizo.

Sus conocidos, acostumbrados a su extraña rareza, veían en él un excéntrico inofensivo, acaso un punto engreído, pero le dejaban hacer... En cambio su mujer, decepcionada y relegada a vivir en las afueras de su torre de marfil, acumuló con los años un profunsdo resentimiento. Uno de aquellos días grises en que su marido le ponía los cuernos con aquella odiada biblioteca decidió acabar con la humillante  situación. Tenía una idea precisa de lo que intentaba hacer. Se conectó a internet y abrió el buscador. Tecleó su petición con una breve frase. La pantalla le entregó rápidamente los resultados solicitados y, tras explorarlos un rato, sonrió.

Cuando su marido llegó a casa, ella le recibió con una sonrisa: -"Cariño, me estoy apasionando por la bioquímica y tengo curiosidad por el nombre científico de una proteína especial: la titina; la de mayor peso y complejidad de nuestro organismo: ¿Me la podrían leer con esa entonación tuya tan precisa y ortodoxa? No hay nadie como tú para leer correctamente una palabra, ¿Me la lees, cariño?

Ruíz Lesser, halagado, se dispuso delante del ordenador y comenzó a leer ininterrumpidamente el nombre químico de la preciosa sustancia:  - "Acetylseryltyrosylserylisoleucylthreonylserylprolylserylglutamin..." Dos minutos después, continuaba con un hilo de voz "...hionylhistidylisoleucylserylserylglutaeonylaspartylleucylthreonylthreonylglulaspartyllysylarginylprolylarginylthre..."
Con el rostro amoratado y el pecho contraído se afanaba en completar el reto que él mismo había aceptado... Mientras movía la boca ya sin un soplo de aire en su aparto fonador, miró de reojo la interminable lista de caracteres que se sucedían al bajar el scroll lateral: 189.819 letras, más que todo el Nuevo Testamento junto, se apilaban sin un hueco ante sí... Con la boca abierta y el pecho hundido, murió sin expirar. Ni un pequeño soplo de aire salió de sus pulmones. Sólo sus unos ojos, grandes como platos, mostraron un incrédulo espanto cuando miraban aquellos millares de líneas colmadas de letras apretadas alzándose desde la base de la pantalla...

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