lunes, 20 de junio de 2011

Nos mudamos

Aires de mudanza se esparcen por el colegio. Brisas y prisas recorren los viejos pasillos. En la biblioteca acumulamos cajas vacías para empaquetar nuestros 8000 fondos. La primera piedra del nuevo cole es colocada en medio de fanfarrias electorales. Escrita en el viento la promesa de un nuevo y moderno centro para el curso próximo.
Nuestros libros tienen una ganas tremendas de emprender el vuelo y llegar a la nueva biblioteca,  están impacientes, sueñan con escapar entre las grietas de las viejas paredes de siempre.  Los bibliotecarios se dan prisa. Todavía pendientes de catalogar un montón de libros; y de los ya catalogados  aún mil a falta de sellar, plastificar, colocar las carpetillas, los tejuelos, ordenar en los armarios...
En los estantes bajos y accesibles, al alcance de las manos infantiles, los libros de narrativa. Ahora mismo están desordenados comó ejército tras la batalla. Piden a gritos formación y disciplina de hoplitas. Y somo pocos, y avaros de nuestro tiempo, los maestros bibliotecarios. 
La nuestra no es una biblioteca estática. Más de mil libros han recorrido kilómetros en viajes de ida y vuelta. Algunos llegan agotados: piel ajada, pinturas de guerra, miembros descoyuntados, vendas de cello y tintura de pegamento para sus heridas... y otros no llegan: perecen por el camino, se pierden en la selva de las calles con nombre de barco; se agazapan en cuartos infantiles, olvidados en alguna estantería llena de dinosaurios, tras spiderman o tirados junto a unas zapatillas viejas. Los bibliotecarios, colgados al teléfono, intentan encontrar estos seres perdidos: investigan proyectando sus ojos vigilantes a través de la Tierra Media antes de que perezcan a manos de los orcos del olvido o acaben destrozados por la maldad de Sauron, el Señor Oscuro.  ¿Podremos tener a punto a todos para el viaje?

Como una cápsula del tiempo, me gustaría haber metido dentro de la primera piedra del nuevo cole un libro de la biblioteca. Sería embajador y memoria del viejo San Juan, de aquel colegio azul que se veía desde muy lejos, aquel que coronaba los miradores de nuestra pequeña ciudad y lanzaba destellos de zafiro desde sus tejados. Sería como plantar en el suelo reseco de la  abrupta ladera una semilla de papel, un proyecto de conocimiento. La semilla germinaría y crecería un árbol, un árbol cuyas hojas fundirían la homonimia de su nombres en un único significado:  allí, sobre la delgada celulosa, la imaginación infantil se transmutaría en aventuras, conocimiento, poesía... y todo con la alquimia de la tinta, auténtica clorofila de la sabiduría.

Quien tiene un libro tiene  un tesoro. Yo os animo a ser piratas de libros, bucaneros en la biblioteca,  filibusteros de las librerías, corsarios al asalto de las estanterías. Y luego, en la soledad de una Isla desierta gozar el botín: leer y releer sus páginas con avaricia de truhan, con codicia de bandido. Y despúes, cuando hayáis disfrutado de sus riquezas, lo enterréis a la espera de posibles Robinsones solitarios, de aventureros inquietos, de niños perdidos en el bosque, de un pobre Alí-Babá al encuentro de su cueva...Y pongáis proa en busca de la Carabela. Allí, en un gran barco de ladrillo, encerrados en su bodega,  estarán alineadas contra los mamparos de proa a popa, en estanterías nuevas, incontables tesoros por descubrir.

Jesús Marcial Gande G.

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