martes, 19 de abril de 2011

Viajes literarios (1).



 Viaje a la Alcarria:
Mi propio camino hacia las Tetas de Viana.

(1)


Vivir en Guadalajara tiene la ventaja de poder realizar un recorrido literario de primera. Se trata de experimentar personalmente alguno de los capítulos del estupendo libro de viajes: "Viaje a la Alcarria" de nuestro Nobel Camilo José Cela.

Así que 64 años después, antes de que escape abril, busco el libro de bolsillo, me equipo apenas con una vieja mochila, agua, una manzana y me acerco en coche hasta Trillo a una hora de distancia. La idea es alcanzar la cima de una de las mamblas  siguiendo en lo posible la ruta del autor. Y en el camino, aprovechando los descansos, realizar la lectura de este tramo.

 
VII
DEL TAJO AL ARROYO DE LA SOLEDAD
El viajero se levanta a las seis. Está amaneciendo. El viajero ha descansado bien, ha dormido toda la noche de un tirón. Se lava, se viste, dobla su manta, se echa el morral al hombro y sale. Martín, que se ha despertado, le saluda:
—Buenos días.
—Buenos días, ¿qué tal se ha descansado?
—Bien, ¿y usted?
—Bien también, ¿no se levanta?
—Pues no, todavía no, ¡como voy en bicicleta!
—Claro.

Llegado a Trillo encuentro el pueblo en obras. No apetece ver así la magnífica cascada de Cifuentes “es una hermosa cola de caballo, de unos quince o veinte metros de altura, de agua espumeante y rugidora” , ni el Real Balneario, ni la casa de los molino, ni la monumental iglesia parroquial... además llevo prisa. Paso el puente sobre el Tajo y sigo de frente por la calle de la Viana que, en continua ascensión, me lleva a las afueras del pueblo. Dejo el coche al final de la empinada calle, poco antes de las pistas de motocros.
A la puerta está Quico, con la mula, esperando al viajero. Quico es un muchacho fuerte, muy lavado y muy peinado, que lleva una camisa limpia, una camisa inmaculada. La madre de Quico se ha levantado a preparar al hijo y a hacer el desayuno al viajero.
La mula de Quico se llama Jardinera, y es castaña, joven, no muy grande; parece una mula de buena clase.
El viajero y su compañía cruzan el Tajo y se meten por un sendero de cabras que sube al montecillo de la Dehesa. Quico le explica al viajero que, según dicen, el monasterio de Óvila se lo llevaron los americanos piedra a piedra, antes de la guerra civil. (Lo que queda de este monasterio está, hoy en día, al otro lado del río en una finca privada, entre las poblaciones de Trillo y Carrascosa de Tajo. Acaso pudiera verse desde lo alto de la Silla del Caballo, excelente mirador, pero hay que tener muy buena vista, desde luego.  Investigando un poco uno se puede enterar de que, efectivamente, su definitivo fin le llegó en 1931. El Estado se lo vendió a Fernando Beloso en 3.000 pesetas quien, pocas semanas después, se lo vendió al representante en España del magante de la prensa norteamericana Willian Randolph Earst (El famoso "Ciudadano Kane" de la película de Orson Wels) por 85.000 $, el cual siguiendo los consejos de su asesor artístico en España, Arthur Byne, decidió comprarlo y, desmontado, trasladarlo a California para instalarlo en la gran mansión de San simeón (la fabulosa "Xanadú" de la película) en la costa californiana, como un elemento más de su enorme colección de piezas artísticas españolas. Las tareas de desmontaje se iniciaron enseguida, siendo numeradas sus piedras, y trasladadas hasta San Francisco, donde tras ser desembarcadas, y tras muchas complejidades legales, quedaron en su mayoría dispersas, deterioradas y olvidadas en los jardines y almacenes del Golden Gate Park de la ciudad de San Francisco, siendo instalada solamente la portada manierista de su iglesia en una sala del De Young Museum de ese parque californiano, donde aún resuenan, -bien que diluídas en el sabor agridulce de Frisco- los ecos cisterciense de la alcarreña abadía de Ovila.)
En el monte de la Dehesa la vegetación es dura, balsámica, una vegetación de espinos, de romero, de espliego, de salvia, de mejorana, de retamas, de aliagas, de matapollos, de cantueso, de jaras, de chaparros y de tomillos; una vegetación que casi no se ve, pero que marea respirarla. No hace todavía calor aunque el día se anuncia bueno. El aire es transparente.
(Cuando leo esta descripción me descubro. Nunca fui capaz de aprender los nombres de estas especies silvestres que, de tan familiares, no se repara en su nombre, en su rotunda sonoridad)
El Tajo, que de cerca es un río turbio y feo, desde lejos parece bonito, muy elegante. Viene haciendo curvas y se ve desde muy lejos, siempre rodeado de árboles. La leprosería aparece a su orilla en primer término. La forman varios pabellones grandes y alguna que otra casa más pequeña. (Actualmente es el Hotel de cuatro estrellas Carlos III, también se rodaron en los alrededores algunas escenas de la bellísima película "El rio que nos lleva", basada en el libro de José Luis Sampedro) Quico le explica al viajero lo que van viendo: esto es esto, esto es aquello, esto es lo de más allá. Después sonríe para decir, con la mirada triste:
—Pobre gente, ¿verdad?
—Sí...
—Poca suerte han tenido éstos, ¿verdad?
—Sí...
A los pies del viajero, del lado de acá del río, va la carretera de Azañón y de Peralveche y del Recuenco.
—Por ahí también se va a Viana y a La Puerta y a los baños de Mantiel.
—Y por aquí.
—Sí, por aquí, también. Por aquí hay un atajo que lleva todo derecho
hasta Viana.
El viajero quiere aprovechar la fresca, y el que la mula lleva su morral, y
camino seguido, sin pararse o parándose muy poco, sólo unos instantes, de
tarde en tarde, para mirar el paisaje.
Marchando por la Entrepeña el viajero ve una hermosa decoración, una decoración teatral de grandes piedras abruptas y peladas y de árboles
muertos, partidos por el rayo. (Lo que Cela parece describir es la llamada Silla del Caballo, paso rocoso que se eleva sobre una colina y domina buena parte de los alrededores) Una rapiña vuela con su gazapo (más de un conejo espanté yo también a mi paso)  entre las garras.
Al salir al terreno llamado de la Fuente de la Calinda, aparecen erizadas,
violentas, las Tetas de Viana.
El viajero se siente poeta y tira de lápiz.

Por las Tetas de Viana,
el mulo, el paisaje y yo.
Son las seis de la mañana.
Silba un jilguero en la rama
de la zarza. Se quedó,
de pie sobre la solana,
una liebre casquivana
viendo la estampa pagana
del mulo, el paisaje y yo.
Son las seis de la mañana
en mi reló.
(Lo de las seis de la mañana está muy bien. En este lugar, a mí, me dan las 11 y el sol aprieta. Menos mal que el trayecto, la mayoría por la senda SL-1 transcurre entre bosquetes de encinas.De liebres nada. O puede ser que la hora es avanzada y su horario laboral sea en torno a la madrugada. O quizás, el viajero actual, es descuidado y avanza tropezando ruidosamente.)
Un lagarto inmenso, un lagarto verde, amarillo y rojo, sale huyendo desde los mismos pies del viajero (lagartos aparecen muchos, corretean las piedras de antiguos parapetos que flanquean el sendero, pero son verdigrises y pequeños, ¿será que la central nuclear está afectando a la fauna?).

 La Fuente de la Calinda es un monte bajo y pedregoso, con mucha caza.
Una bandada de perdices levanta el vuelo, raso, torpón, de pájaro poco
fogueado, a poco pasos del grupo.
Quico y el viajero hacen el primer alto, echan un trago, fuman un pitillo y
charlan.
—Aquí mataron una vez a uno.
El viajero piensa que el sitio está bien elegido, realmente es un sitio muy
apropiado.
—¿Sí?
—Sí, señor. Primero le tiraron con postas y después lo dieron lo menos
veinte navajazos.
—¡Pues lo debieron dejar bueno!
—Sí, señor, lo dejaron muerto. El muerto era uno de Sotoca.
—¿Y el que lo mató?
—Eso no se sabe, ¡cualquiera lo sabe!
Un nido de avispas zumba en el hueco de un árbol.
—Al muerto le llevaron los cuartos y le cortaron las orejas.
—No está mal.
—Pues no sé, según cómo se mire. Antes era costumbre, según dicen.
—¿Y ahora?
—No, yo creo que ahora pasan ya menos cosas.

(Sentado a la sombra de los quejigos que flanquean el sendero, uno no puede  por menos que levantar la vista del libro y escudriñar la espesura a la  busca de algún bandolero homicida. El oído alerta a distinguir una pisada entre los crujidos de la maleza y el zumbar de los insectos. Pero nada... El sendero, hoy en día, es seguro. Media docena de veces me cruzo con pequeños grupos que caminan sudorosos en fila india por el SL-1, sendero local que en 5,6 km  une Trillo con las Tetas de Viana.) 
Tras la Fuente de la Calinda se caminan los montes de las Acacias, unos
cerrillos bajos que van a dar al llano del Olivar Hueco. A las faldas de las
Tetas de Viana hay unos prados de yerba tierna, verde, rodeados de zarzas
y de espinos. (El paisaje es realmente hermoso: las aulagas estallan en vivos amarillos, el romero azulea sus racimos de flores, florecillas anónimas iluminan el suelo con violetas y azules, y la hierba verde brilla con la humedad de la primavera)
—El atajo sigue todo por aquí, por la izquierda. Para subir a las Tetas
hay que salirse del atajo. La de allá tiene una escalera de madera hasta
arriba de todo; durante la guerra fue un observatorio. ¿Quiere usted que
subamos?
—No, no, por aquí vamos bien.
(Pues no sabía lo que perdía. Estoy seguro de que ganas le quedaron. En 1986, cuando publicó su "Nuevo viaje a la Alcarria" nos decribe el artificioso recurso de subirse a un globo para contemplar el paisaje desde las alturas, a falta de tan natural y bello mirador)

(Continuará)

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