miércoles, 20 de abril de 2011

Viajes literarios (2)

 Viaje a la Alcarria:
Mi propio camino hacia las Tetas de Viana.
(2)


Las dos Tetas son casi exactamente iguales vistas desde el norte, quizás
la de poniente sea algo más alta. Tienen forma de cucurucho cortado antes
de la punta y terminan, cada una, en una mesa de bordes rocosos y cortados a pico que deben ser difíciles de escalar. (A la Teta de Oriente no puede subirse. Quizás los más jóvenes del pueblo sepan de alguna grieta por la que trepar entre las paredes de piedra. Los simples viajeros nos quedamos con las ganas de intentarlo... la Teta de Occidental tiene habilitada una escalera metálica -en tiempos fue de madera- que permite una fácil y segura ascensión en el último tramo, el más difícil)
A partir de este punto nuestros caminos divergen. Camilo José Cela rodea la teta por su ladera este buscando no ganar altura  y dando un largo rodeo llegar a Viana. Yo me desplazo hacia el oeste para enfrentar ambas tetas por el centro, subiendo por la canal de su pecho, bien resguardado del sol por la sombra de su escote tejido de encinas, quejigos y sabinas. La pista, a la altura de unas peñas, se abandona por un semioculto sendero zigzagueante que, en fuerte ascensión, nos deja exahustos en lo alto de un collado. Allí acaba la senda SL-1 y enlaza con la SL-2 que viene desde Viana trazando blancas eses sobre la espesura. En el costado de la izquierda, a la sombra de una encina de buen porte, puede uno recuperar el resuello e instruirse sobre los habitantes del cielo de la Alcarria gracias a un  cartel que informa al visitante.
Por el otro lado comienza la animada ascensión a la teta de occidente, la única accesible. El camino, acostado a las pétreas paredes calizas, ofrece unas vistas inmejorables de Viana y su hermoso valle.
Poco antes de la escala que nos llevará a la plataforma de la cima, otro cartel nos informa de la historia de estos dos cerros singulares. Es curioso enterarse de que los árabes las llamaban Al-qual-atian ("Los dos castillos") o que su alta cima,  una superficie circular de 300 m. de diámetro y 1133 m. de altura; fue en tiempos, cuando se formó en el Terciario, el fondo de un inmenso lago que cubría casi la mitad de la Península Ibérica. De aquellos detritos fluviales acumulados aquí han salido estos conglomerados calizos cuyos cantos desmenuzados han torturado mis pies en la travesía. 
 El rio Tajo ha sido el escultor de estos senos naturales.  Con sus aguas por cincel ha tallado estos conos magníficos en medio del paisaje de la Alcarria. Desde sus alturas se divisa toda la región: se ven al oeste los puertos de Guadarrama, al este la Serranía de Cuenca y al noroeste el Moncayo y otras altas montañas más lejanas aún, siendo inmenso el terreno que por todas partes se descubre y apreciándose en su lejanía, varios pueblos en todas direcciones, entre ellos Trillo y Viana con toda claridad. Su posición estratégica dominando las entradas y salidas del Tajo, el Tajuña y el Guadiela y gran parte de la provincia de Cuenca ya llamó la atención de todos los pueblos invasores de la península. Hoy en día, aparte del turismo, no tienen otra finalidad que servir de atalaya sobre la central nuclear de Trillo, cuyas torres de refrigeración de más de un centenar de metros lanzan al aire penachos de vapor. Una sombra recorre nuestros pensamientos al pensar en la central de Fukushima, de triste actualidad. Hace tiempo, cuando estos parajes, solo eran hollados por pastores, aquellos tenían la costumbre de subir a hombros las ovejas enfermas a la cima y abandonarlas allí algunas semanas. Si la oveja sobrevivía se aseguraban de que la enfermedad estaba curada y de paso, caso de enfermedad contagiosa, protegían al resto del rebaño. La anécdota me la contó Julio, antiguo compañero cuyo abuelo fue pastor en estos parajes y dudo que muchos la conozcan.
Subir por la escalera de hierro, con arcos protectores para evitar caídas por descuidos o vértigo, es excitante. Y al llegar arriba, tras unos peldaños excavados en la roca, aparece la cima, ligeramente abombada, cubierta de hierba, brillante por el sol, tibia del aire que la acaricia. 
Empiezo un recorrido perimetral deteniéndome en las cavidades de su borde sur, interesantes refugios para un día de tormenta. En el extremo este, un saliente nos asoma a su compañera gemela. Allí, una heróica encina ofrece su sombra al viajero que se tiende a su lado y contempla largamente el paisaje. Minutos después abre su mochila, saca su cantimplora y bebe agua lentamente, agua aún fresca al viajar protegida por un aislante. A continuación mordisquea una dulcísima manzana mientras se siente el rey del mundo. Media hora despúes lee el resto del capítulo de su libro. Repasa el paisaje queriéndo pintarlo en su memoria.  Pasada una hora, recoge su equipaje ligero y termina la ronda por el lado sur.

Al llegar a la vertiente, el viajero se encuentra ante una vista hermosa al
principio y un poco desolada, más allá.
Del atajo empiezan a salir caminos, algunos casi borrados. La mula anda
con cuidado, con mucha atención, y a su pisada ruedan, a veces, las
piedras. A mitad de la ladera, bajando, está la fuente del Pilón. Al viajero le
hubiera gustado refrescarse un poco. El calor aprieta ya y Quico y el viajero
van sudando gordos goterones por la cabeza.
—¿Nos lavamos un poco?
—Espere usted, ahí abajo está la fuente de San Juan, que es mejor.
Poco después aparece, escondida entre unos árboles, en un recodo del
sendero, la fuente de San Juan. El viajero se refresca, desnudo de medio
cuerpo y después se pone al sol a secar. Quico se ha mojado los brazos y la
frente.
—El agua es muy traidora; a veces coge uno lo que no tiene.
(El agua es un don negado en el camino. Hay que llevarla. Si hay fuentes, no son conocidas. En las dos horas y media de marcha, no habrá manera de beber más agua que la que llevemos. Quizás en abril aún mane de algún escondido manantial, que lo dudo; pero en agosto...)
Las Tetas, desde el sur, son mucho más feas, aparecen desgarbadas,
deformes, como torcidas.
La mula, descargada del equipaje, muerde los helechos de la fuente.
Pasan muy altas unas avutardas, un grupo de seis o siete. Croan las ranas,
y las lagartijas, que asoman, extrañadas, por los huecos de las piedras,
miran un momento y huyen veloces después.
Bajando por un barranco llega el viajero a Viana de Mondéjar, un pueblo
color amarillo recostado sobre un monte romo, casi negro.
El viajero no entra en Viana, se queda a las puertas, comiendo con Quico
a la sombra de un grupito de álamos escuálidos que hay a la orilla del
Solana, un riachuelo casi sin agua que viene arrastrando su miseria desde la
sierra de Umbría Seca.


Sin agua va el arroyo,
sin casta el toro,
sin sombra crece el chopo
color de oro.
Bajo las Tetas duermen,
cada mañana,
las casas de Viana,
color de plomo.

Después de comer, el viajero, que ha vuelto al terreno llano, despide a
Quico y a su mula Jardinera, se echa a la sombra y se tapa los ojos con el
sombrero. Poco más tarde está profundamente dormido, con un sueño
suave, fresco, confortador.

La vuelta se hace más rápida y llevadera que la ida. En apenas una hora estoy en las cercanías de Trillo. Allí un letrero me señala que estoy en la Ruta de La Lana, uno de los Caminos de Santiago  que se superpone gran parte del recorrido al trayecto realizado. Una indicación me informa que estoy a 734 km de Santiago de Compostela. Se presentan ante mi memoria entonces otros caminos, todos los caminos que recorrí: Caminos de las estrellas (Ruta de la Plata, Camino Francés, Camino Primitivo),  Caminos del agua (Canal de Castilla), Caminos de Montes (rutas de Gredos), Caminos de miel (este de la Alcarria que aquí termino con dulce sabor...).
  

FIN
Jesús Marcial Grande & Camilo José Cela18 de abril de 2011

Ver otros caminos de Jesús Marcial Grande

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