viernes, 1 de abril de 2011

Técnicas creativas 5: "El error creativo" (Rodari)

De un lapsus puede nacer una historia. Se pueden aprovechar los errores de los niños. Yo mismo recuerdo algunos de mi infancia en el  pequeño pueblo de Ayuela de Valdavia (Palencia). Durante varios años infantiles estuve llamando "Perputa" a mi pobre abuela Perpetua con gran dolor de su corazón y gran regocijo de sus vecinos. Recuerdo también a mi sobrina Irene, una niña burgalesa que nos visitó en nuestra casa de Guadalajara, que decía convencida a su padre que habían venido a  "La fuente de la Jara". Tras largo cavilar comprendimos que había oído que iban "a agua da la Jara". ¡Me encanta mi sobrina!. Otro ejemplo muy sugerente me lo proporcionó Pedrito, un niño gitano del colegio Antonio de Nebrija (Alcalá) que me tocaba atender en logopedia. Cuando le pregunté en que colegio estudiaba me respondió "Antonio de la Bruja". Y se quedó tan ancho (ya me imagino el cole embrujado, o a Antonio -el hijo de una bruja- como compañero de clase, o un cole de magia estilo Hogwarts  -¡lástima no haber patentado la idea para poder reclamar algunas millonarias migajas del emporio formado con la saga de Harry Potter!- ...) En fin, ejemplos conocemos todos. A veces, en esos lapsus se encierran magníficas historias.
Pero si no recordamos ninguno podemos provocarlos. Pueden ser:
- Ortográficos: Korazón, cacuela, Pacito, pacete, jata, cupete... (Los entierros de Arganda en las fiestas (¡muy realista, en realidad!)... 
- De pronunciación: Pitola, toche, pepiente, automómil... (La fiesta de la "Sol le da"  -¡qué calor!-)...  
- Asimilación del objeto a la acción: Pastillita-mastiquita, castañuela-golpetuela. (Arganda del Rey de bastos, Colegio San Juan Bautizo...)


Y por último ejemplo clásico que pocos conocen:

Rodari nos ilustra con un magnífico ejemplo de error creativo se encuentra, según Thompson, autor de Las  fábulas en la tradición popular, en la Cenicienta de Charles Perrault: el famoso zapatito, inicialmente, habría sido de «vaire» (un tipo de piel) y no de «verre» (vidrio). No obstante, nadie duda que una zapatilla de vidrio resulta más fantástica y llena de sugestiones que una vulgar pantufla de pelo, aunque su invención haya sido debida a la casualidad o al error de transcripción.

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