domingo, 13 de febrero de 2011

El Campo de Carbonilla: aventuras de un profe que primero fue niño

En el día en que se conmemora el 164 aniversario del nacimiento de Thomas Alva Edison acuden a mi memoria los recuerdos de su biografía, la imagen del libro maravillosos donde la leí y los experimentos que, desde mi infancia, me ha fascinado realizar con todos los materiales que tenía a mi alcance.

Llegué a conocer la vida de Thomas Edison a través de un libro grande y pesado "Grandes vidas, grandes hechos" que, editado por el Círculo de Lectores, recogía las biografías de inventores, escritores, científicos, exploradores, políticos... Fue el primer libro de más de 200 páginas, y bastante densas además, que leí. Y lo hice con interés y satisfacción. Me sirvió para aprender, para soñar y para respetar la ciencia y el esfuerzo que nos mostraban sus protagonistas: Arquímedes, Franklin, Wasington, Edison... sus vidas eran el espejo donde quería reflejarme.

La biografía de Edison me era especialmente apreciada porque representaba muchas de mis aspiraciones: los experimentos científicos, el riesgo, la fama, la riqueza, la aventura...

Por aquel entoncen, a mis 10 años, el Campo de Carbonilla proximo a Barrio Gimeno en la ciudad de Burgos era nuestro lugar de juegos. Se trataba de un enorme campo de futbol con sus dos porterías de tubos metálicos, pavimentado con carbonilla apisonada transportada desde algún tren de los que circulaban por la vía próxima. La tapia, derruida en varios puntos, permitía que nos coláramos y jugáramos libremente por allí varias pandillas de crios. Fue el escenario de míticas dreas (peleas a pedradas) entre pandillas rivales que, casi siempre acababan con alguno de nosotros descalabrado chorreando sangre y llevado apresuradamente a casa. Otras veces explorábamos sus rincones, incluso hacíamos pequeñas excavaciones en lugares secretos donde la posibilidad de hallar balas y casquillos estaba probada (contaban que el lugar había sido un campo de tiro durante la guerra civil). Se encontraban muchos proyectiles e incluso alguna bala completa con su cartucho. Uno de esos cartuchos (botín de la pandilla de mi hermano Javi) fue objeto de "desactivación" en el portal de casa. Golpeándolo con una piedra terminó por estallar causando un susto mayúsculo en los jóvenes artificieros y en la comunidad de vecinos.
El campo de las pilas, era un solar anexo, que tenía amontonadas gigantescas pilas (a modo de fregaderos) en vertical, como fichas de dominó,  y con una altura como de dos hombres. Era un lugar sin puertas  tan solo tapiado. Algunas veces discutíamos sobre cómo meterían las pilas allí y elaborábamos teorías inverosímiles que incluían gruas gigantescas, helicópteros y naves espaciales. Fue lugar de reuniones secretas, peleas memorables, conjuros y, algún que otro encuentro peligroso. También fue el campo de pruebas del cohete casero que fabriqué con la pólvora extraída de un cohete sin estallar de una de las sesiones de fuegos artificiales que se celebraban a orillas del río Arlanzón. Lo recuperé del agua completamente empapado, pero en perfecto estado. Lo sequé. Extraje la pólvora con cuidado y monté un artilugio con un tubo de pastillas de aluminio vacío. Era un artefacto sin mecha. La idea era hacerlo estallar con el calor de la llama de una vela. Para evitar que lo hiciera en nuestras narices habíamos montado una tablilla sujeta a un taco con un clavo a modo de eje. En el otro extremo atamos un hilo y pegamos la vela por su base. Cuando todos estuvimos a buen recaudo tras las pilas tiramos del hilo hasta que la vela quedó justo bajo el tubo. Después de un tiempo que nos pareció eterno (y cuando estábamos a punto de salir) el cilindro estalló. La explosión se oyó en todo el barrio y preocupó a muchos vecinos que llamaron a la policía. Nosotros, temblando aún de miedo, pero excitados por el éxito, esperamos tras las pilas más de un minuto antes de asomarnos y  examinar  el lugar encontrando diminutos fragmentos de alumnio esparcidos por todo el recinto.
En aquellos años estaban de moda las bombas de potasa. Álguien nos enseñó que se podía producir una pequeña explosión amontonando una pequeña cantidad de potasa y azufre, colocando una piedra plana encima y pisándolo con fuerza. Gastamos la propina de muchos domingos en acudir a las droguerías a comprar los componentes de nuestras bombas particulares (curiosamene estaban a la venta libremente).

La construcción de tirachinas, arma indispensable del equipamiento de cualquier mozalbete del barrio, cosntituía una industria muy desarrollada. Primero había que realizar una minuciosa incursión exploración por la orilla del rio, donde crecían los mejores árboles. Provistos de navajas buscábamos las mejores horquillas que luego había que recortar, descortezar y dotar de muescas y ornamentos (el tirachinas se  personalizaba). Después tenías que contactar con los amigos que tuvieran acceso a algún taller o cuyo padre guardara las cámaras de los neumáticos de camión que utilizábamos como gomas. También había que hacerse con tramilla y atar las gomas con fuerza. La badana se conseguía de algún trozo de cuero. Una vez realizado se imponía el afinamiento y la práctica de muchas horas sobre blancos lejanos para hacerse con dominio del aparato que se convertía así en un arma poderosa de precisión asombrosa.
Pero el colmo de la tecnología armamentística infantil era un producto "de importación". Se trataba de las escopetas de aire comprimido que disparaban perdigones (recuerdo que los había de varias clases siendo los mejores los de copa). Algunas pandillas de niños mayores disponían de una y, abusando no sólo de su tamaño y edad sino de su poder armamentístico, nos perseguían y amenazaban con aquellas armas terroríficas. En nuestro Campo de Carbonilla habían una edificación en ruinas que disponía de varios sótanos. En uno de ellos nos refugiábamos en ocasiones cuando nos perseguían disparándo perdigones que rebotaban en las paredes con chasquidos amenazadores. Inexplicablemente no recuerdo como pudo ser pero ya mayor, a los 30 años, una radiografía descubrió por casualidad en mi brazo izquierdo a la altura del codo un perdigón de aquellos incrustado en allí desde entonces. Hubo que ocurrir en uno de esas refriegas pues otros perdigonazos recibidos fueron de sal y esa se disuelve.
Los perdigonazos de sal era la forma de recibirnos que tenían los dueños de las huertas, no muy lejanas al Campo de Carbonilla, a las que acudíamos (casi siempre de noche) más por la emoción de la aventura que por las peras y manzanas que obteníamos. Los mejores huertos estaban cercados con altas tapias. Nos llevaba un buen rato subirlas ayudándonos unos a otros hasta superar el borde y caer al otro lado de un salto que, a más de uno, le torció el tobillo dejándolo baldado una temporada. En una ocasión fuimos sorprendidos por el dueño que, a grandes voces y provisto de su escopeta, nos disparaba al trasero con sus predigones; esos perdigones de sal que, si te acertaban, te producían un escozor insoportable. Corrimos como posesos hasta el pie de la tapia y, sin podernos explicar cómo,  trepamos como gatos y sin ayuda hasta pasar al otro lado. Tras la tapia, comprobamos sorprendidos la hazaña y salimos escopetados por los prados contiguos sin mirar atrás donde se escuchaban aún las imprecaciones del dueño tras el muro.

En una esquina del Campo de Carbonilla había una casa en ruinas. Mantenía el tejado, las paredes exteriores y la fachada, pero en su interior habían desaparecido la mayoría de los suelos del piso superior y algunas paredes se habían desplomado. Las escaleras estaban a punto de hundirse. Era un lugar de juegos increíble. Hacíamos equilibrios entre las vigas, caminábamos escuchado el crujido de los cascotes y buscábamos tesoros entre las estancias derruídas. La plantas baja tenía unas escaleras colmatadas de escombros que, antaño, daban paso al sótano del edificio. Mi pandilla logró habilitar un pequeño boquete por el que descendíamos al subsuelo que, pese estar medio en ruinas, dejaba espacio suficiente para reuniones y almacén de tesoros y botines. Allí montamos un pequeño laboratorio con objetos inverosómiles. Asaltando vertederos ilegales y buscando por los solares del barrio encontramos todo un lote de desechos de una clínica veterinaria: grandes jeringas con sus agujas, gomas y tubos, frascos,  redomas... cargamos con todo ello y montamos un laboratorio científico en regla donde hacíamos importantes experimentos: creábamos nuestro propio Franquesnstein, inventábamos pócimas de superpoderes...
El descubrimiento por pandillas enemigas de nuestro particular refugio hizo que un día apareciera todo destrozado y revuelto. Fue el fin de nuestro particular laboratorio.

Tras la tapia del Campo de Pilas discurría la vía del tren. Era también uno de los lugares preferidos para investigar. Dejábamos monedas de peseta sobre la vía y, tras pasar el tren, obteníamos una chapa brillante y aplastada que doblaba su supreficie... Escuchábamos el vibrar de las vías cuando se acercaba un convoy (esto lo habíamos aprendido de las películas de indios). Notábamos la corriente de aire que se formaba en el túnel cuando pasaba la hilera de vagones uno tras otro con un ruido ensordecedor...

El tren discurría entre dos tapias. Pasada la tapia opuesta se extendía una estrecha franja emparedada por la que discurría un riachuelo de aguas residuales sin canalizar. El agua estaba sucia y maloliente, pero en los dos o tres metros de orilla a cada lado crecía un vegetación lujuriosa que, para nosotros, era la más impenetrable selva que podíamos imaginar. Aquellos cien metros del arroyo, empotrado entre tapias, solitario y fértil imponía una atracción irresistible. Era lugar de ensoñaciones, exploraciones y juegos. Tan sólo la posibilidad, muy real, de que apareciera alguna pandilla violenta (había muchas en aquel entonces) encogía de vez en cuando el corazón de aquellos exploradores del Orinoco. Algunas veces, desde lo alto de una de las tapias compartida con un manicomio cercano, observábamos perturbados como algún grupo de dementes tomaba el sol en el patio contiguo.

Esta regresión a la curiosidad de la infancia me mueve a publicar este artículo. Todos los niños tienen algo de científicos. Es una actitud ante la vida. Que la imaginación y el trabajo (los dos ingredientes de la ciencia) hagan brillar de vez en cuando en nuestra cabecita la idea (se encienda una bombillinta de Edison) de alguna invención  extraordinaria.
Jesús Marcial Grande

2 comentarios:

  1. ¡Grande Google, he buscado Burgos Campo Carbonilla y ha salido esto! ¿En que año era? En mi caso seria 1974, un poco mas joven, con siete u ocho años. Haciamos esas expediciones a "esconder el tesoro", y tambien a intentar explorar la casa del fondo del campo, aunque no recuerdo si llegamos a encontrar el boquete para entrar.

    Yo lo llamaba a secas "campo carbonilla", sin el "de".

    ResponderEliminar
  2. Grandes los que se toman la molestia de colaborar socialmente comentando, publicando...

    Mis experiencias infantiles en el Campo de Carbonilla se fechan aproximadamente en torno a los años 1967, por lo que, teniendo yo entonces 10 años, tú apenas apernderías a caminar por Barrio Jimeno, la calle a su costado, si es que vivías por la zona.

    Cuando vualvo a Burgos, estos últimos años, me sorprendo de lo que ha cambiado la zona.

    Te dejo algún enlace a un blog personal con algunas historias más relativas al lugar o sitios cercanos.
    Delincuante Juvenil:
    http://imagenx1000palabras.blogspot.com.es/2009/01/delincuente-juvenil.html
    El MIto del buscador de tesoros
    http://imagenx1000palabras.blogspot.com.es/2009/05/el-mito-del-buscador-de-tesoros.html
    Y luego, si por casualidad estudiaste en el Liceo Castilla, relato en el mismo blog algunas otras anécdotas de aquellos ingenuos y felices? tiempos.

    (He pasado por tu blog... Está en otro nivel, pero me gusta)

    ResponderEliminar