sábado, 9 de octubre de 2010

Mario Vargas Llosa también fue niño

1940

Mis diabluras hicieron que mi mamá me matriculara en La Salle a los cinco años, uno antes de lo que recomendaban los Hermanos. Aprendí a leer poco después, en la clase del hermano Justiniano, y esto, lo más importante que me pasó en la vida [...] la lectura de los Billikens, Penecas, y toda clase de historietas y libros de aventuras se convirtió en una ocupación apasionante, que me tenía quieto muchas horas [...]

Nada resultaba tan estimulante como escribirle al Niño Jesús —aún no lo había reemplazado Papá Noel—
unas cartitas con los regalos que uno quería que le trajera el 24 de diciembre. Y meterse a la cama aquella noche, temblando de ansiedad, y entrecerrar los ojos queriendo y no queriendo ver la sigilosa aparición del Niño Jesús con los regalos —libros, muchos libros— que dejaría al pie de la cama y que yo descubriría al día siguiente con el pecho reventando de la excitación.

1945
Y recuerdo también, con qué cariño, las historietas y los libros que leía con concentración y olvido místicos, totalmente inmerso en la ilusión —las historias de Genoveva de Brabante y de Guillermo Tell, del rey Arturo y de Cagliostro, de Robin Hood o del jorobado Lagardère, de Sandokán o del Capitán Nemo, y, sobre todo, la serie de Guillermo, un niño travieso de mi edad de quien cada libro narraba una aventura, que yo
intentaba repetir luego en el jardín de la casa.
De su libro de memorias: "El pez en el agua"
Mario Vargas Llosa. Ed. Seix Barral.1993.

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